“Rodolfo se enfurece cuando me equivoco. Ante mi más mínimo error grita y suelta palabrotas. Con frecuencia le dice a nuestros amigos: mi pareja es una tonta”.

En mi libro Si quieres casarte con mi hija debemos hablar, un posible suegro le pregunta a su yerno potencial:

¿Cómo reaccionarás cuando tu pareja se equivoque? ¿Te mofarás de ella? ¿La corregirás con altanería? ¿La harás quedar en ridículo? ¿Usarás el sarcasmo sojuzgándola? ¿Aprovecharás sus errores para recordarle que tú eres “mejor”? ¿Usarás como excusa lo que no te gustó y estallarás en insultos, gritos o desprecios?

Muchas personas se vuelven cazadores de errores. Por eso arruinan sus relaciones.

Imagina que un hombre invita a su esposa al teatro. Compra boletos caros y se los da a guardar a ella. El día de la función se les hace tarde, atraviesan toda la ciudad, llegan justo a la hora, estacionan el auto, corren y cuando van a entrar a la sala ¡ella dice que olvidó los boletos! Él se queda helado. ¿Cómo es posible? ¿Por culpa de ella perderán la función, y el dinero?

¿Qué deseos se despiertan en la naturaleza instintiva de ese individuo? Tal vez querrá regañarla; mostrarle su enfado; recordarle todos sus errores, ¡decirle lo descuidada que es, la forma en que ocasiona gastos inútiles y pérdidas de tiempo! ¡Quizá incluso se atreva a gritarle o insultarla hasta que le pida perdón por su error! Y si alguien pregunta por qué se ha puesto tan duro con ella, tendrá argumentos razonables para demostrar que tiene la razón. (¡Aplausos al macho que domina a su hembra!)

Ahora imaginemos que eso le sucede a un caballero:

Sí, su esposa falló. Por su culpa perderán la obra y el dinero. Pero sabe que cuando ella se equivoca, él tiene una gran oportunidad para demostrarle cuánto la ama. Entonces, hace un esfuerzo por controlarse. Respira hondo y pone en orden sus prioridades. Ella es su reina. Es más importante que cualquier actividad externa. Así que en vez de regañarla, le dice algo así como:

—No importa, mi verdadero placer e interés esta noche es convivir contigo y disfrutar tu compañía.

Cambia de planes, la abraza y la lleva a cenar o al cine. Siempre de buen humor.

¿Difícil? ¡Claro! ¡Por eso no cualquiera construye un matrimonio feliz!

Si tu pareja falla en algo, en vez de aplastarla, ayúdala a levantarse, sin regaños ni sermones. No la corrijas, no la calles, no la obligues a pensar como tú o a hablar como tú o a decir lo que tú dirías. Jamás hagas que se arrastre por adularte o decirte sí, en todo. Al contrario. Motívala a que te diga cuando estás equivocado y escucha sus opiniones. Si te empeñas en ser un Don perfecto maestro rezongón y gruñón, que se ríe de ella y la avergüenza cuando se cae, te volverás su verdugo y el ser humano que más detestará en lo secreto. Si en cambio aprendes a ser su mejor amigo, quien la cuida, la levanta y la protege si se equivoca, te convertirás en lo mejor de su vida.

Sólo un hombre grande disfruta caminar al lado de una gran mujer. El mediocre se sentirá tan inseguro junto a una dama, que la tratará mal hasta romper su dignidad y fortaleza.

En el libro Si quieres casarte con mi hija debemos hablar, explico las directrices para triunfar en pareja… Vale la pena reflexionar en ellas porque ¿de qué nos sirve tener éxito en otras áreas de la vida si no tenemos a nadie con quién compartir nuestros logros? Nacimos para triunfar. Y nuestro mejor testimonio de éxito integral es cuando la persona a quien amamos puede decir “mi pareja es extraordinaria”.