Voy a contarte un cuento.

Había una vez una princesa llamada SHECCID. Ella descubrió que existían pasadizos secretos en el palacio. Tomó una lámpara y se adentró por los laberintos subterráneos para explorar. Entonces halló algo insólito: calabozos. Prisioneros moribundos en celdas oscuras. Los alumbró y se quedó pasmada; pero su rostro no reflejó miedo sino compasión y tristeza. Algunos de los presos sacaron sus manos pidiéndole ayuda. SHECCID los tocó para darles consuelo, incrédula, asombrada, con los ojos muy abiertos. Entonces, un joven prisionero que había sido acusado y condenado injustamente pudo contemplarla. A la luz de la lámpara, el rostro de SHECCID era hermoso. Sus ojos claros brillaban con bondad. Y el joven se enamoró de ella. A partir de entonces, se propuso escapar de esa cárcel motivado por el amor. SHECCID se convirtió en su musa. Al fin el prisionero pudo fugarse, se quitó los harapos, y con mucho trabajo se hizo un hombre de bien, rico y generoso. Construyó su casa cerca del palacio con el único fin de poder acercarse a la princesa y conquistarla. Aunque eso nunca sucedió, el amor le dio fuerza y motivos para crecer.

sheccidLa leyenda me motivó a escribir mi libro más trascendental. Sheccid. Cuando el amor duele, que forma parte de la saga LOS OJOS DE MI PRINCESA.

Por la importancia del libro, mi familia y yo fuimos a festejar su publicación. Se me ocurrió hacer un viaje exótico a la tierra de donde proviene el cuento de SHECCID: Estambul.

Mi esposa, mis hijos y yo llegamos al aeropuerto de Atatürk el quince de julio de este año. ¡Justo el día en que se desató un sangriento golpe de estado en Turquía! El aeropuerto fue tomado por militares. Nuestro sueño de celebrar se convirtió en pesadilla. De pronto nos vimos envueltos por multitudes, corriendo en medio de balazos y bombas. Tuvimos que escondernos en un subterráneo, con las luces apagadas para preservar la vida. Y agazapados ahí, rehenes de un conflicto armado caótico e impredecible, encendimos la lámpara de un celular y nos miramos. Con lágrimas en los ojos, prisioneros de una angustia ingente, entendimos que no podíamos separarnos; ¡no íbamos a permitir que algo malo le sucediera a nuestros seres queridos!

Estuvimos escondidos durante veinticuatro horas. Igual que el prisionero que escapó del calabozo por amor a SHECCID, conseguimos un salvoconducto para subirnos al primer avión que salió de Turquía al día siguiente. Nos ayudaron grandes amigos y contactos desde México, con quienes estaremos agradecidos por siempre. El despegue fue tenso, en un ambiente de mucho temor. Había altísimas probabilidades de que al despegar, los rebeldes golpistas derribaran el avión. Pero eso no sucedió. Logramos escapar.

El amor nos hizo luchar desesperadamente por preservar la vida.

Ahora mi familia y yo seguimos superándonos y trabajando con entusiasmo. Como nunca antes. Porque el amor es la mayor fuerza y el mejor motivo para vivir; porque a veces el amor duele, pero cuando eso sucede, el alma crece.