Estar casado es un reto. Divorciarse, más. A veces se justifica. Normalmente no. Pero ¿qué se siente?, ¿cómo se vive?, ¿qué pasa por la mente al dar el paso? Aunque cada cabeza es un mundo, antes de hacer un viaje, es útil platicar con alguien que lo haya realizado. El testimonio de un sobreviviente nos permite prever el panorama.

La siguiente carta está basada en hechos reales. Forma parte de mi  libro LA ÚLTIMA OPORTUNIDAD. Léela si estás casado y alguna vez has pensado en renunciar. Compártela con las parejas que conoces aunque las veas bien. Uno nunca sabe quién ha estado planeando hacer un viaje.

 

Amor:

Nuestro hijo me preguntó por qué tú y yo nos peleábamos tanto y cuándo volveríamos a estar juntos… No pude decirle la verdad…

Hace tres días lo hicimos. Fue fácil. Firmar un papel más. Firmamos muchos. Pero este es diferente. Me ha hecho sentir acabado, con una profunda pena y un amargo sabor de frustración…

Estoy en la habitación de un hotel. Siempre creí que el divorcio me daría libertad y felicidad. No ha sido así.

Tú y yo solíamos hacer huracanes en vasos de agua, discutíamos mucho por detalles de poca importancia… Al pelear, nos faltábamos al respeto; enojados, solíamos decir cosas imperdonables; durante nuestras discusiones hacíamos todo por herirnos; luego nos vengábamos y llegamos a extremos terribles; no solo a gritos, agresiones o insultos sino a actos de cinismo que lastimaban al otro. Una guerra visceral, de estrategias mordaces y egocentrismo enfermizo. Pero piensa en esto: No fue el motivo de las peleas lo que nos separó, sino las peleas mismas. Y las peleas surgían continuamente, de la nada.

Somos diferentes y eso causaba incomodidades al otro: tú reservada, yo sociable; tú impuntual, yo malhablado; tú abstemia exagerada, yo bebedor social; tú despilfarradora, yo tacaño; tú, madre sobreprotectora, yo padre liberal; la lista podría ser interminable. Al divorciarnos me deshice de todo lo que califiqué como defectos tuyos; sin embargo, en la soledad de esta habitación, han venido a mi mente muchas virtudes tuyas que también perdí al perderte: He recordado la forma en que nos enamoramos, la belleza de nuestra complementariedad, la grandeza de nuestras promesas, la primera vez que nuestros cuerpos se fundieron con desesperación y ternura, tu sufrimiento y mi angustia cuando nació nuestro hijo; tu dulzura, tus deseos de servir…

Al poner en la balanza las cosas buenas y las malas, me doy cuenta de por qué me siento un desdichado. Al enfrascarnos en peleas tontas dejamos que esos años compartidos se perdieran. ¡Caramba!, tengo bajo mi cargo a un empleado que llega tarde, que ha robado, que ha hablado mal de mí y aún, con todo, lo tolero porque hace muy bien su trabajo, porque es muy eficiente en la cuestión técnica; lo conservo porque aunque tiene defectos, sus virtudes son difíciles de hallar y pesan mucho más… Tú también soportabas que la cocinera fuese respondona y un poco abusiva, porque sabías que si te ponías estricta con ella perderías sus enormes beneficios… Ambos usamos la balanza mental para aceptar a un empleado. ¿Por qué no fuimos capaces de usarla entre nosotros?

Realmente nos amábamos. Éramos importantes el uno para el otro. ¿Cómo permitimos que asuntos sencillos escalaran y se hicieran tóxicos?

Ahora me doy cuenta que una parte de mí se quedó contigo… Escribo esta carta con el lamento de un miserable hundido; la escribo llorando como un niño que se ha perdido…

Sé que lo nuestro no tiene arreglo y, como despedida, quiero decirle a la mujer de la cual me enamoré hace muchos años que a pesar de no poder reparar lo que rompimos, una zona de mi corazón sigue implorando tu presencia, algunas células de mi ser, que se niegan a morir, siguen clamando por ti, y una parte de mi alma se quedó contigo para siempre...